
¿Cuántas veces habéis visto a un niño muy capaz bloquearse delante de un examen por los nervios, o a un adolescente brillante dejar de esforzarse porque se siente desmotivado y solo? También nos encontramos con alumnos que tratan mal a otros, o que se encierran en sí mismos sin que nadie se dé cuenta a tiempo. En esas situaciones, la diferencia no la marca solo el cociente intelectual, sino algo que hoy sabemos que es igual de importante: la capacidad de reconocer lo que sentimos, comprender por qué lo sentimos y actuar de forma adecuada. Eso es la inteligencia emocional, y desde el Colegio Juan XXIII Zaidín trabajamos cada día para integrarla en todas nuestras etapas educativas.
Autores como Daniel Goleman han demostrado que las emociones influyen directamente en cómo aprendemos, cómo nos relacionamos y cómo afrontamos las dificultades. Por eso, la educación emocional ya no puede verse como un «extra» en el currículo. Comprobamos cada curso que trabajar las emociones en el aula mejora el rendimiento académico, el clima de convivencia y el bienestar general de vuestros hijos. Nos lo confirman las familias de Educación Infantil, Primaria, Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional Básica que confían en nuestro proyecto educativo.
«Si tus habilidades emocionales no están desarrolladas, si no eres capaz de controlar tus impulsos, de motivarte, de perseverar a pesar de las frustraciones, de regular tus estados de ánimo, de mostrar empatía y de confiar en los demás, entonces no importa lo inteligente que seas: no vas a llegar muy lejos.»
— Daniel Goleman
En esta guía vamos a explicar qué es la inteligencia emocional, por qué es tan importante en la educación y cómo influye en vuestros hijos. También compartiremos estrategias concretas que aplicamos en nuestras aulas del Zaidín y que podéis reforzar en casa. Al terminar de leer, comprenderéis por qué apostar por un centro que trabaja las competencias emocionales es una decisión que marca el futuro de los niños y niñas.
Tabla de contenidos

La inteligencia emocional se empezó a estudiar a fondo en los años noventa. Salovey y Mayer la definieron como una forma de inteligencia social que permite dirigir y comprender los propios sentimientos y los de los demás. Poco después, Daniel Goleman la popularizó describiéndola como la capacidad de reconocer nuestros sentimientos, los ajenos, motivarnos y manejar bien las relaciones. Dicho de manera sencilla, es aprender a pensar con la cabeza sin olvidar el corazón.
A diferencia del cociente intelectual, la inteligencia emocional se puede aprender, practicar y mejorar en cualquier momento de la vida. La infancia y la adolescencia son etapas clave para ese desarrollo, porque el cerebro está en plena construcción. En estos años se ponen las bases de habilidades socioemocionales que influyen en el carácter, en la forma de estudiar y en la manera de convivir con los demás.
Goleman agrupa la inteligencia emocional en cinco grandes componentes que nos ayudan a entenderla mejor:
¿Sabías qué? Durante muchos años se pensó que el éxito dependía casi solo del coeficiente intelectual. Hoy sabemos que el CI puede explicar una parte del rendimiento, pero que la inteligencia emocional influye en gran medida en el bienestar, en las relaciones y también en los logros académicos.
Cuando miramos el día a día de nuestro centro educativo, vemos que la educación emocional no es una teoría abstracta. Se refleja en cómo los niños entran en clase, en cómo reaccionan cuando algo no sale como esperaban y en cómo se tratan entre ellos. Diversos estudios y nuestra propia experiencia muestran que el desarrollo de las habilidades emocionales influye en al menos cuatro áreas clave.
La relación entre inteligencia emocional y rendimiento académico está muy estudiada. La investigación en Emotional intelligence and academic performance confirma que estas competencias predicen resultados clave en el alumnado. La Fundación CASEL ha comprobado que los alumnos que participan en programas de aprendizaje socioemocional mejoran sus resultados en torno a un once por ciento.
Esta mejora no se debe solo a que «se porten mejor», sino a que gestionan de otra manera lo que sienten. Cuando un estudiante aprende a regular la ansiedad antes de un examen, su cerebro puede centrarse en recordar lo que ha estudiado. Si sabe manejar la frustración ante un error, aprovecha la corrección para mejorar en lugar de desconectarse. De este modo, la gestión emocional libera recursos para la atención, la memoria y la toma de decisiones.
En nuestro colegio lo vemos cada curso en Infantil, Primaria, Secundaria y Bachillerato, cuando el trabajo emocional se traduce en:
La inteligencia emocional está muy ligada al bienestar psicológico y a la resiliencia. Los alumnos que desarrollan una buena educación emocional desde pequeños suelen tener más autoestima, menores niveles de ansiedad y una visión más realista de sus capacidades. Entienden que sentirse triste, enfadado o confundido forma parte de la vida, y que cuentan con estrategias para afrontar esos momentos.
Esta mirada les ayuda a ver los errores como oportunidades para aprender. Cuando un trabajo no sale bien, en lugar de concluir que «no valen», pueden analizar qué necesitan cambiar. De esa forma se fortalece la resiliencia, que es la capacidad de levantarse después de una dificultad. Trabajar estas habilidades desde pequeños es una forma muy eficaz de cuidar la salud mental y prevenir problemas más graves en la adolescencia.

Las habilidades emocionales se notan especialmente en la forma en que vuestros hijos se relacionan. Cuando un grupo de estudiantes ha trabajado la empatía y la comunicación asertiva, el clima de aula cambia. Hay más cooperación, más ayuda entre iguales y menos miedo a participar.
En ese ambiente, el profesorado también puede ejercer mejor su labor, porque se siente acompañado por el grupo y no solo como «controlador de conductas». Se crea un clima emocional donde se escucha, se respetan los turnos de palabra y se valora la diversidad de opiniones, ritmos y capacidades.
En el Colegio Juan XXIII Zaidín este clima se cuida desde las primeras edades, con actividades adaptadas a cada etapa, y continúa en Secundaria y Bachillerato, cuando las relaciones se vuelven más complejas y las emociones se intensifican.
Cuando no hay desarrollo emocional, aumenta la impulsividad y bajan las habilidades sociales. Esto se puede traducir en conductas disruptivas, insultos, burlas y, en los casos más graves, acoso escolar. Por eso la inteligencia emocional es una herramienta muy potente de prevención.
Los programas bien planteados de educación socioemocional reducen de forma notable los conflictos en el patio y en clase. El alumnado aprende a:
En nuestro centro unimos este trabajo a políticas de tolerancia cero al acoso, con protocolos claros y acompañamiento del Servicio de Orientación Educativa Integral. De esta manera, ofrecemos a las familias un entorno seguro donde sus hijos puedan crecer, aprender y relacionarse desde el respeto.
Para comprender por qué insistimos tanto en la educación emocional, conviene mirar brevemente al cerebro. Emoción y pensamiento no son dos mundos separados: están profundamente conectados. El llamado sistema límbico interviene en la memoria, la motivación y la toma de decisiones, por lo que tiene un papel central en el aprendizaje tanto emocional como académico.
Cuando un alumno siente curiosidad, interés o alegría al aprender algo nuevo, su cerebro libera sustancias como la dopamina. Esto facilita que esa información se procese mejor y se guarde con más fuerza en la memoria a largo plazo. En un aula donde se generan experiencias positivas, el conocimiento se fija con más facilidad y el esfuerzo se vive con sentido. Por eso en nuestras aulas activas y con recursos diversificados buscamos unir emoción y contenido, para que las clases de Matemáticas, Lengua o Física también despierten ilusión.
En cambio, si el estudiante vive el aprendizaje desde el miedo, la vergüenza o un estrés muy intenso, se activa la amígdala, que es como una alarma interna. Esta activación continua dificulta la concentración y baja la capacidad de razonamiento. Es lo que ocurre cuando un niño sabe la respuesta en casa, pero en clase se queda en blanco porque teme equivocarse. Por eso la gestión emocional en el aula es tan importante para que el rendimiento académico pueda reflejar el verdadero potencial del alumno.
¿Sabías qué? Las experiencias que van unidas a emociones intensas se recuerdan con más nitidez. Un elogio sincero por un trabajo bien hecho puede dejar una huella positiva que se asocia a esa asignatura durante años. Del mismo modo, una situación de humillación delante de la clase puede generar rechazo hacia esa materia.
Crear un clima seguro, donde se pueda fallar sin miedo y donde se reconozca el esfuerzo, no es un lujo. Es una condición básica para que el cerebro quiera aprender. En el Colegio Juan XXIII Zaidín lo tenemos muy presente al diseñar proyectos, actividades extraescolares y dinámicas de aula que conectan con los intereses reales del alumnado y con sus emociones.
«La educación emocional es un proceso educativo, continuo y permanente, que pretende potenciar el desarrollo de las competencias emocionales como elemento esencial del desarrollo humano.»
— Rafael Bisquerra

Ningún programa de educación emocional funciona si el profesorado no se siente parte activa de él. Los maestros y maestras son mucho más que transmisores de contenidos: son modelos emocionales. Su forma de hablar, de corregir, de escuchar y de gestionar la presión influye enormemente en cómo vuestros hijos viven la escuela.
En nuestro colegio cuidamos mucho estas competencias emocionales del profesorado, porque sabemos que un profesor sereno, cercano y coherente es una referencia para los niños, niñas y adolescentes. Los alumnos observan todo, no solo lo que explicamos en la pizarra, y aprenden también de lo que ven y oyen en cada gesto cotidiano.
El ejemplo del docente es probablemente la herramienta más poderosa en educación emocional. Cuando un profesor reconoce que está cansado pero decide hablar con calma, enseña autorregulación sin nombrarla. Si pide disculpas cuando se equivoca, está mostrando humildad y respeto.
Los estudiantes observan cómo reaccionamos ante un conflicto entre compañeros, cómo respondemos a una falta de respeto y cómo celebramos los logros. Un maestro que sabe poner límites claros sin humillar, que practica la empatía y escucha de verdad, ofrece un modelo que el grupo tiende a imitar. Así, la educación emocional no se queda en una ficha puntual, sino que se respira en cada gesto.
Además del ejemplo personal, el docente es responsable de crear un ambiente seguro. Esto significa que el aula es un espacio donde se puede preguntar, equivocarse, opinar distinto y expresar emociones sin miedo al ridículo. En ese contexto, los estudiantes se atreven a participar más y a implicarse en las actividades.
Para lograrlo, es clave:
Cuando el clima emocional en el aula es positivo, el grupo se convierte en una pequeña comunidad que cuida de sus miembros y acompaña mejor el aprendizaje.
Nadie nace sabiendo gestionar todas las situaciones que aparecen en una clase. Por eso la formación continua del profesorado es esencial. Los estudios sobre los efectos de los programas de formación en inteligencia emocional para educadores evidencian mejoras significativas en sus competencias. Sin un apoyo específico, es fácil que los maestros se sientan desbordados, que acumulen estrés y que acaben en un fuerte desgaste profesional.
En el Colegio Juan XXIII Zaidín apostamos por la formación permanente de nuestro equipo en desarrollo emocional, metodologías activas y acompañamiento del alumnado. Esto se traduce en docentes que:
De esta forma cuidamos también el bienestar del profesorado, algo imprescindible para que puedan cuidar de vuestros hijos.
La buena noticia es que trabajar la educación emocional no exige crear una asignatura nueva. Se puede integrar en la vida diaria del aula, en Infantil, Primaria, Secundaria y Bachillerato, y también en la Formación Profesional Básica. Lo importante es ser constantes y coherentes, conectar con la edad del grupo y combinar la teoría con experiencias prácticas.
En nuestro centro utilizamos diferentes estrategias para trabajar emociones en clase, adaptadas a cada etapa. Algunas se centran en el desarrollo emocional en niños pequeños y otras en adolescentes. Muchas de ellas también podéis aplicarlas en casa, de modo que familia y escuela rememos en la misma dirección.
Para que vuestros hijos puedan regular sus emociones, primero necesitan reconocerlas. Por eso las actividades que fomentan la autoconciencia y el autocontrol son una base clave:

Además del trabajo individual, es fundamental promover actividades que refuercen la empatía y la cooperación. Estas dinámicas permiten que vuestros hijos practiquen habilidades sociales en un contexto cuidado:
Para que la educación emocional sea efectiva, debe estar integrada en todas las materias y no quedar aislada en una tutoría puntual. Se puede hablar de emociones:
Lo importante es que el profesorado tenga esa mirada y se atreva a abrir estos espacios de diálogo, respetando siempre el ritmo del grupo.
La familia, por su parte, es el primer lugar donde se aprende a sentir y a nombrar lo que pasa por dentro. Por eso necesitamos que las actividades de educación emocional tengan continuidad en casa. En el Colegio Juan XXIII Zaidín mantenemos una comunicación activa con las familias mediante correos informativos, entrevistas y la labor del Servicio de Orientación Educativa Integral. De este modo, padres, madres y docentes compartimos criterios y apoyamos juntos el crecimiento emocional de vuestros hijos, incluidos los antiguos alumnos que ahora confían en nosotros para la educación de la siguiente generación.

A veces puede parecer que dedicar tiempo en clase a hablar de emociones «resta» minutos a los contenidos académicos. Sin embargo, ocurre justo lo contrario: la educación emocional es una inversión que se nota en el presente y, sobre todo, en el futuro. Los alumnos que desarrollan una buena inteligencia emocional están mejor preparados para la vida adulta, tanto en lo personal como en lo profesional, tal y como señalan investigaciones sobre inteligencia emocional como factor de influencia en el rendimiento y el desarrollo integral del alumnado.
Podemos resumir los beneficios a largo plazo en tres grandes ámbitos:
¿Sabías qué? Esta visión encaja plenamente con la misión del Colegio Juan XXIII Zaidín, que desde una perspectiva humanista cristiana busca el desarrollo integral del alumno. Nuestro Servicio de Orientación Educativa Integral acompaña a cada estudiante para que descubra sus talentos, tome decisiones informadas y se prepare para aportar lo mejor de sí al mundo.
La inteligencia emocional en la educación no es un complemento bonito ni una moda pasajera. Es el cimiento sobre el que se sostiene un aprendizaje verdadero, que une cabeza y corazón. Cuando ayudamos a vuestros hijos a conocerse, a regular lo que sienten y a relacionarse bien, mejoran el rendimiento académico, el bienestar personal y la convivencia en el centro.
En este recorrido hemos visto qué es la inteligencia emocional, cómo influye en la memoria y el aprendizaje, qué papel tiene el profesorado y qué actividades concretas podemos aplicar en el aula y en casa. También hemos compartido cómo en el Colegio Juan XXIII Zaidín integramos la educación emocional desde Infantil hasta Bachillerato y Formación Profesional Básica, con un equipo docente en formación continua y un fuerte vínculo con las familias.
Creemos que familia y escuela somos aliados imprescindibles en el desarrollo emocional de los niños, niñas y adolescentes. Por eso cuidamos la comunicación, ofrecemos un acompañamiento cercano y apostamos por un clima donde cada alumno se sienta visto, escuchado y querido.
Si buscáis un colegio concertado en Granada que cuide tanto las notas como el corazón de vuestros hijos, os invitamos a conocernos. Podéis contactar con nosotros, pedir información o visitar nuestras instalaciones y nuestras aulas activas. Estaremos encantados de mostraros de cerca cómo trabajamos la educación emocional para que cada alumno crezca, madure en valores y se prepare para construir un mundo mejor.
